viernes, 21 de junio de 2013
Ellas y el crimen.
Lauren Bacall, junto a Bogey, en tantas maravillas; El sueño eterno, Cayo Largo, La senda tenebrosa, tener y no tener...
Rita Hayworth, Margarita Carmen Cansino, fué y será Gilda.
Ava Gardner, la perdición de Burt Lancaster en The Killers, Robert Siodmak, 1946.
Gene Tierney, Laura.
Barbara Stanwyck, nunca estuvo más inquietante que en Perdición, Double Indemnity. Billy Wilder.
Kim Novak, impostora en Vértigo (entre los muertos) de Hitchcock.
Katleen Turner, con Fuego en el cuerpo, Body Heat, de Lawrence Kasdan.
Faltan muchas, pero las que están no podían faltar.
jueves, 20 de junio de 2013
Ross Macdonald.
En la categoria de Género Criminal caben muchas variantes de esta modalidad narrativa que tiene como motivo principal el planteamiamiento de un crimen o delito, cometido o por cometer, y las consecuencias de estos sobre los individuos a su alrededor. Entran en esta gran estantería desde la novela enigma decimonónica, a la aventura urbana (que se nutre de la novela popular o pulp, con sus personajes hard-boiled, mezcla de investigadores y vengadores), al juego subterráneo de los agentes secretos y las "guerras frías". Para mayor comodidad a la hora de la búsqueda del lector, y para el ofrecimiento directo de las editoriales, se hacen necesarias las etiquetas y las clasificaciones. Una de ellas, muy importante en la producción y en la impronta grabada en el inconsciente colectivo popular gracias al cine y la televisión, es la del Detective Privado; y aquí se siguen dando las clasificaciones, porque caben en esta definición tanto Hercules Poirot hasta Mike Hammer, desde el culto y refinado portento de inteligencia que se mueve en escenarios burgeses y acomodados, hasta el más intuitivo y directo gato callejero, urbano y siempre escaso de recursos.
A medio camino entre uno y otro arquetipo están esos investigadores particulares que reflexionan en voz alta, que están atentos al escenario y los tipos humanos entre los que se mueven, que sacan conclusiones que van más allá que la mera superfície, y que saben que la suciedad no desaparece del entorno con la desaparición de escena del elemento perturbador (el criminal).
En esa escuela de la calle (porque son de ella y petenecen a ella) viven las creaciones de Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Ross Macdonal, y algunos más. En el caso del primero, además de crear todas las categorías modernas de ese llamado Género Negro, desde la crónica gangsteril de La llave de cristal, hasta la comedia criminal con El hombre delgado, perfila el molde en el que encajarán todos los detectives privados posteriores: Sam Spade y tambien el agente de la Continental. El segundo (Raymond Chandler) se centra en el grueso de su producción novelistica criminal en un personaje, que en el imaginario colectivo tendría para siempre la imagen de Humprey Bogart, desde que protagonizó la versión cinematográfica de El sueño eterno, basada en la novela del mismo título, llamado Philip Marlowe (aunque en realidad, físicamente, el detective privado descrito por el autor toma sus características de Cary Grant). Chandler aporta un más cuidado estilo literario a la narrativa criminal, y fija el vaciado del arquetipo, pero eso, como diría el tabernero de Irma la dulce, la película de Billy Wilder, es otra historia.
El otro componente del triunvirato de creadores de investigadores privados es Ross Macdonald (de verdadero nombre Kenneth Millar, 1915- 1983, esposo que fué de la tambien escritora Margaret Millar, 1915- 1994). Macdonald crea a Lew Archer en la novela The moving target, 1949, El blanco móvil.
Hay quien opina que todos los escritores, en el fondo, siempre cuentan la misma historia, de diferentes maneras. Si esto es cierto, en el caso de Ross Macdonald se podría decir que, desde el primer capítulo de esa larga novela que empezara con The moving target su mensaje es claro y definido; Según Macdonald- Millar la sociedad, sobre todo la que está más arriba en la pirámide, practica un juego de apariencias, de espejos deformantes que ocultan o difuminan la podredumbre. Lew Archer actua cono una espoleta de un explosivo enterrado durante años, que al final, pondrá al descubierto la falsedad de un núcleo familiar hipócrita y frágil. El detective privado casi se limita a ser un testigo del derrumbe de ese edificio social y personal, como una de esas mansiones californianas, a pié de playa, de cimientos inestables, cuidando que los escombros no caigan sobre los inocentes, los desclasados o los vencidos. En ese extenso volumen, o en esa serie de cuadros con un tema común, consige variaciones interesantes (como El caso Galton, o La piscina de los ahogados) hasta alcanzar la versión definitiva con The underground man, 1971, El hombre enterrado.
Por espacio de dos películas Lew Archer tuvo la encarnadura de Paul Newman, rebautizado Harper, en Harper, Harper, Investigador Privado, 1966. Y The drownig pool, 1975. Piscina Mortal.
martes, 18 de junio de 2013
Fritz Leiber y la Espada y Brujería.
Se atribuye a Fritz Leiber el acuñamiento del termino Espada y Brujería para denominar este tipo de historias en las que se aúnan la aventura histórica o de capa y espada con la Fantasía o la ciencia ficción de la que el propio Leiber fué un destacado autor.
El ciclo de Fafhrd y el Ratonero Gris, los dos personajes que protagonizan el llamado ciclo de las Espadas para su edición en libros se compone de una serie de cuentos, novelas cortas y una novela publicados a lo largo de los años, desde los años ´40 hasta los ´80 del siglo pasado. A partir de 1968, para su inclusión en libros, y en un intento para dar coherencia interna e hilazón a los diversos relatos independientes, el propio Leiber preparó una serie de cuentos que, ademas de esto, llenasen algunos huecos en el devenir se sus personajes protagonistas.
Según la visión de su creador, son estos una pareja de aventureros, truhanes, "carne de horca", según su definición, más pícaros que criminales, buenos camaradas y hábiles luchadores. El alto y norteño Fafhrd está inspirado en el propio Leiber, y el pequeño y socarrón Ratonero Gris en Harry Otto Fischer, colaborador o coautor de alguna de las historias del ciclo.
Su espíritu aventurero o mercenário les lleva a recorrer el mundo (alternativo o lejano en el tiempo y el espacio, cosa que no se aclara) en toda su extensión conocida, pero, sobre todo, trancurre en la ciudad de Lankmar, la de los ciento cuarenta mil Humos, la de los gremios de Ladrones y la corrupción institucionalizada, muy convenientes a los intereses de nuestros protagonistas.
Comienza la edición de las novelas del ciclo de las Espadas en la colección Fantasy de Martinez Roca con Espadas y Demonios, 1985 ( Swords and Deviltry, 1970), nº 2 de la colección.
Incluye dos relatos en los que se nos cuentan dos aventuras anteriores a que ambos personajes tomasen contacto y que no son lo mejor, ni del ciclo ni de la producción de Leiber; es una curiosidad o un "completismo" superfluo. El cuarto relato es Acíago encuentro en Lankmar, ganador de los premios Hugo y Nébula de 1970, y ambos premios los merece.
El segundo libro de la serie y también el segundo en publicarse en M.R. es Swords against death. Espadas contra la muerte, 1986, nº 8
En la introducción del autor nos cuenta que, de los cuentos incluidos,la mayoria se publicaron alrededor de 1940, por primera vez, en la revista Unknown. Otros en 1968. Todos, sin excepción, son excelentes. Lo mejor del autor; aventura, magia, ironía en perfecto ensamblaje.
El tercero en el orden de publicación de Martinez Roca es Espadas contra la Niebla de 1987, nº 16. Swords on the Mist, de 1968.
De nuevo un volumen imprescindible. Incluye una de las historias que, a pesar de no tener ningún elemento fantástico, mejor describe a los personajes y el particular universo de Leiber, y que podria formar parte de cualquier antología de humor: Tiempos difíciles en Lankmar. tambien incluye una novela corta que pasa por ser la primera historia escrita del ciclo: El gambito del adepto.
Espadas contra la Magia,1989 nº 21. Swords against wizardry, 1968. Compuesta de dos novelas cortas, una de ellas, Los señores de Quarmall, elaborada con elementos de una historia de 1936 de Otto Fischer, y de dos cuentos-enlace, continua el nivel de calidad muy alto.
Y, en 1990, Martinez Roca nos ofrece Las espadas de Lankmar (Swords of Lankmar, 1968), nº 25, la única novela de la serie, y una de las cumbres del género. Fantasia con mayúsculas, ironía sutil asentada en el conocimiento y el respeto por las claves de este tipo de literatura y diversión sin complejos. Y ratas, muchas ratas...
A partir de aquí, y en las siguientes entregas del ciclo, la producción del autor sufrió grandes altibajos. Tenía oficio y ocasionales destellos de genio, pero el rumbo era errático; junto a fragmentos deliciosos se alternaban globos, coloridos y fascinantes, pero vacios.
Espadas y Magia Helada,1990, nº 28, Swords and Ice Magic,1977, y The Knight and Knave of Swords,1988, La hermandad de las Espadas,1992, nº 33.
Para la edición de Martinez Roca se usaron en las cubiertas ilustraciones de Luís Royo, estupendas, pero absolutamente despegadas del contenido.
Y nada más, tan sólo insistir en que, a mi parecer, el ciclo de las Espadas, las aventuras de Fafhrd y el Ratonero Gris, de Fritz Leiber, son una lectura muy recomendable, que necesita una urgente reedición. Y, puestos a pedir, ¿qué hay de esa novela inédita: Tarzan and the Valley of Gold?
lunes, 17 de junio de 2013
Bolsilibros.
¿Porqué lees novelillas de a duro?
Justificación 1ª:
Cuando nos referimos a la novela popular española tenemos que tener presente que se trataba de un material de producción casi industrial. Los autores eran unos artesanos de la escritura. La perioricidad, generalmente semanal, de las colecciones, la gran cantidad de estas, el número de las diversas editoriales para las que podían emplearse obligaban a una producción estajanovista. Se cuenta que, alguno de los autores más populares, podían escribir tres o cuatro novelas cortas mensuales, de diversos géneros, desde el Western al Rosa, pasando por el Bélico y la Ciencia Ficción, sin posibililad ni tiempo para corregir los textos, estrujándose las meninges para pergeñar, puntualmente, tramas originales y, sobre todo, entretenidas.
Porque eso, sobre cualquier otra consideración, es lo fundamental en una obra de novela popular, que sea entretenida. Aquí, en estas pequeñas novelas de coloridas portadas, tamaño justo para caber en un bolsillo del blusón, y páginas amarillentas y gastadas por el continuo intercambio, no hay sítio para estúdios sicológicos de los personajes, ni entreveradas tesis sociopolíticas del entorno en que transcurren *. Aquí pasan cosas.
Justificación 2ª
Theodore Sturgeon dijo una vez: "El 90% de la ciencia ficción que se publica es basura." Y añadió, cuando reparó en la cara que ponian sus compañeros escritores con los que estaba reunido: "Pero eso es algo que se puede decir de cualquier cosa."
Dudoso consuelo para sus compañeros pero una verdad universal. Y en el campo de la novela popular se publicó mucho. Muchísimo. Pero lo que hemos de tener claro es que aquí no encontraremos una obra de arte magistral, sino muchas buenas artesanías.
Quizás todo se resuma en el nivel de expectativas que cada cual se marque. Hace muchos años, cuando éramos jóvenes y salíamos de "caza", un amigo del grupo se marcaba siempre un objetivo de partida: Ligarse a una rubia de ojos azules. Bien, una noche lo consiguió; en efecto era una chica de cabello rubio y ojos azules como el cielo de invierno..., y pequeñita, y regordeta, y malencarada (y soy respetuoso). Tambien Miss Peggy es rubia y tiene los ojos azules...
Pero, ¿quén fué más feliz aquella noche, él que cumplió sus expectativas o yo, que regresé a casa sólo y borracho?
Justificación 3ª
¿Y porqué no?
* Y, sin embargo, si alguien quiere hacerse una idea de como estaban distribuídos los roles sociales y sexuales y constatar la presencia de la autoridad nacional católica que rigió este pais durante algo más de cuarenta años del siglo pasado la lectura desapasionada de estas obras es esclarecedora. Remito a los artículos de Jose Ignácio Corcuera el la página del amigo Nicolás Solvanín, Bolsilibros Brugera. bolsilibrosbrugera.wordpress.com/
domingo, 9 de junio de 2013
A. Thorkent.
A. Thorkent (Angel Torres Quesada) es bien conocido por los aficionados a la ciencia ficcion popular española por su serie sobre El Orden Estelar, publicada en diversos números de las colecciones de Brugera La Conquista Del Espacio y Héroes Del Espacio y en la más reciente de Robel, ordenada por el mismo Angel Torres Quesada. Pero su producción como A. Thokent no se limita a las historias sobre el Orden Estelar; a lo largo de ambas colecciones de Brugera el autor publicó un buen puñado de novelas "independientes" muy estimables.
En El Sitio de Ciencia Ficción, tanto Antonio Quintana Carrandi como José Carlos Canalda dedican un espacio a la Novela Popular de SF y especialmente a Angel Torres; Se comentan las novelas del Orden y algunas fuera de este. Su labor de divulgación de todos estos autores es muy recomendable y encomiable. Pero nosotros hemos encontrado un par de joyas de este autor que nos parecen especiales por distintos motivos.
Una de ellas es esta TRES DIAS DE SILENCIO, Héroes del Espacio nº 183, octubre de 1983, en la que el autor nos ofrece una historia podria resumirse con la siguiente descripción: Empieza como un homenaje a Richard Matheson y su SOY LEYENDA (¿Qué joven aspirante a autor de fantasía no emborronó unos folios con un comienzo del tipo: "Me levanté una mañana y al salir fuera me dí cuenta de que estaba solo en el planeta...?"), continúa como uno de los mejores homenajes pátrios a Phip K. Dick, y acaba como una típica aventura Thorkeniana. A pesar de tan dispares referentes Angel Torres Quesada consigue construir una historia coherente y muy entretenida.
En El Sitio de Ciencia Ficción, tanto Antonio Quintana Carrandi como José Carlos Canalda dedican un espacio a la Novela Popular de SF y especialmente a Angel Torres; Se comentan las novelas del Orden y algunas fuera de este. Su labor de divulgación de todos estos autores es muy recomendable y encomiable. Pero nosotros hemos encontrado un par de joyas de este autor que nos parecen especiales por distintos motivos.
Una de ellas es esta TRES DIAS DE SILENCIO, Héroes del Espacio nº 183, octubre de 1983, en la que el autor nos ofrece una historia podria resumirse con la siguiente descripción: Empieza como un homenaje a Richard Matheson y su SOY LEYENDA (¿Qué joven aspirante a autor de fantasía no emborronó unos folios con un comienzo del tipo: "Me levanté una mañana y al salir fuera me dí cuenta de que estaba solo en el planeta...?"), continúa como uno de los mejores homenajes pátrios a Phip K. Dick, y acaba como una típica aventura Thorkeniana. A pesar de tan dispares referentes Angel Torres Quesada consigue construir una historia coherente y muy entretenida.

La otra novela, al margen de sus valores como historia de aventuras y viajes por el tiempo, resulta interesante porque no se incluyó en la reedición de El Orden estrelar de Robel, a pesar de que ceeemos que pertenece a la saga. En lugar de esta Angel Torres la amplió en una narración más extensa: LOS GUERREROS DEL TIEMPO, obviando esta LOS MERCENARIOS DEL ESPACIO, La Conquista del Espacio, nº 512, junio de 1980. O quizás estemos equivocados y no pertenezca a la saga. De cualquier manera es una buena novela, digna de reivindicación. Como otras muchas de su producción "independiente."
martes, 4 de junio de 2013
David Woolrich. (Fragmento)
Despues de un tiempo sin noticias de David Woolrich (lo último que supimos de él es que descansaba en una clínica de reposo despues de su divorcio) nos ha hecho llegar un fragmento del comienzo de un posible nuevo relato. No lo aclara, pero nos indica que hagamos con él lo que nos parezca. A nosotros nos parece que es un buen aperitivo para los aficionados (los tres) a la narrativa de David Woolrich.
SIRENAS.
El primero en ver lo que cayó de la red, al abrirse sobre la cubierta, fué Roberto; él era el encargado de extender la captura por la cubierta y de comprobar que nada extraño se enganchaba en la red. En un primer momento, mientras se descargaba la plateada cascada de pescado, reparó en el borrón oscuro y voluminoso revuelto con el resto de captura, pero lo catalogó maquinálmente como un tiburón pequeño o un pulpo grande (o un tiburón devorando un pulpo); nada inhabitual en aquellas aguas.
Fué entonces, cuando el bulto extraño le golpeó las pantorrillas y le hizo trastabillar, que miró a sus pies y, quieta entre los coleantes pescados, vió con claridad a la criatura.
De inmediato se dijo que aquello no podía ser un tiburón, ni un pulpo despedazado, ni una cria de león marino destrozada por las hélices de algún barco; una décima de segundo despues reconoció, entre el gurruño de formas correosas y de un brillante color negro, un rostro humano.
-¡Virgen Santa! -exclamó, manoteando para mentener el equilíbrio. Reculó hasta que su trasero topó con la borda.
Willson, el más cercano a Roberto por ser el que manejaba la grua, no se preocupó cuando le vió trastabillar y hacer aspavientos; era normal escurrirse en la cubierta mojada, y, a veces, se te podía revolver un escualo y tratar de morderte las pantorrillas, pero gracias a las botas altas de goma nunca la agresión iba más allá de una molestia. Además la claridad del amanecer, tamizada por la capa de nubes espesas que cubrían el horizonte, todavía sumía a la embarcación en penumbras. El sistema automático apagó los focos. En ese instante de indefinición, en esa zona crepúscular, es esa escena de formas grisáceas, a Willson sólo le constaba que un bulto oscuro había hecho tropezar al joven portugués.
Abrió la boca para reprenderle y urguirle a estar a la labor, pero se vió interrumpido por Mannywar, que llegaba desde proa, con un bichero entre las manos, para ayudar en la selección de la captura, exclamando:
-Pero, ¿qué carajo es eso, tío?
Con un par de zancadas de sus largas piernas se plantó junto a Roberto; el uno se vió obstaculizado en su retirada por el avance del otro. Ambos jóvenes clavaban la nirada en lo que quiera que había caído de la red, con el resto de pescados, los rostros demudados y los ojos como platos.
Willson cerró la boca y comenzó a rodear la captura para acercarse al centro de atención de aquellos dos, con un pellizco de inquietud en la boca del estómago.
¿Qué os pasa, tíos?- gruñó. -Si es un tiburón tiradlo por la borda...
La criatura no medía más de un metro y medio. Su mitad inferior era similar a la de una foca; el torso parecía la fusión de dos grandes calamares, con algunos tentáculos seccionados u otros acabados en gárfios; en su extremo superior sobresalía una cabeza pequeña, con un rostro terso y pálido, menudo e inexpresivo, de ojos cerrados y boca prieta, de niño dormido. blanco como la espuma de mar...
Willson no pudo evitar dar un paso atrás. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral y el estómago se le revolvió. Fué consciente de que la sangre del rostro se retraía, como al empuje de una brisa helada.
-¿Qué haceis ahí parados como pasmarotes? -llegó la voz de Mathias, desde el castillete de proa. -Tenemos mucho que hacer, antes de que llege la tormenta...
El capitán de la nave salió de la cabina como una tromba, pero al pisar la cubierta y reparar en lo que los demás rodeaban se aquietó bruscamente. Su rostro, de facciones remarcadas y morenas se tensó, los ojos, pequeños y oscuros, se empequeñecieron aún más y se clavaron en la criatura. A Willson le pareció que, de poder, habrían fulminado el cuerpo entre llamaradas.
Mathias se sacudió el estupor al instante. Tomó el bichero de manos de Mannywar y lo clavó entre los tentáculos de la criatura. Esta no dió muestras de sentirlo. De un sólo movimiento el capitán alzó el cuerpo, como si sacudiera un trapo viejo o una bolsa de basura, dió un brinco hasta la borda y lo hundió en el mar. De un golpe desengachó el gárfio del bichero, con lo que provocó que la parte superior de la criatura permaneciera en la superfície un instante, mecida por el suave oleaje.
Fué entonces cuando abrió los ojos y miró a Mathias a la cara.
Despues la carita infantil se hundió, en silencio, sin provocar ondas ni burbujas...
Edición de la redacción de Relatos Populares.
SIRENAS.
El primero en ver lo que cayó de la red, al abrirse sobre la cubierta, fué Roberto; él era el encargado de extender la captura por la cubierta y de comprobar que nada extraño se enganchaba en la red. En un primer momento, mientras se descargaba la plateada cascada de pescado, reparó en el borrón oscuro y voluminoso revuelto con el resto de captura, pero lo catalogó maquinálmente como un tiburón pequeño o un pulpo grande (o un tiburón devorando un pulpo); nada inhabitual en aquellas aguas.
Fué entonces, cuando el bulto extraño le golpeó las pantorrillas y le hizo trastabillar, que miró a sus pies y, quieta entre los coleantes pescados, vió con claridad a la criatura.
De inmediato se dijo que aquello no podía ser un tiburón, ni un pulpo despedazado, ni una cria de león marino destrozada por las hélices de algún barco; una décima de segundo despues reconoció, entre el gurruño de formas correosas y de un brillante color negro, un rostro humano.
-¡Virgen Santa! -exclamó, manoteando para mentener el equilíbrio. Reculó hasta que su trasero topó con la borda.
Willson, el más cercano a Roberto por ser el que manejaba la grua, no se preocupó cuando le vió trastabillar y hacer aspavientos; era normal escurrirse en la cubierta mojada, y, a veces, se te podía revolver un escualo y tratar de morderte las pantorrillas, pero gracias a las botas altas de goma nunca la agresión iba más allá de una molestia. Además la claridad del amanecer, tamizada por la capa de nubes espesas que cubrían el horizonte, todavía sumía a la embarcación en penumbras. El sistema automático apagó los focos. En ese instante de indefinición, en esa zona crepúscular, es esa escena de formas grisáceas, a Willson sólo le constaba que un bulto oscuro había hecho tropezar al joven portugués.
Abrió la boca para reprenderle y urguirle a estar a la labor, pero se vió interrumpido por Mannywar, que llegaba desde proa, con un bichero entre las manos, para ayudar en la selección de la captura, exclamando:
-Pero, ¿qué carajo es eso, tío?
Con un par de zancadas de sus largas piernas se plantó junto a Roberto; el uno se vió obstaculizado en su retirada por el avance del otro. Ambos jóvenes clavaban la nirada en lo que quiera que había caído de la red, con el resto de pescados, los rostros demudados y los ojos como platos.
Willson cerró la boca y comenzó a rodear la captura para acercarse al centro de atención de aquellos dos, con un pellizco de inquietud en la boca del estómago.
¿Qué os pasa, tíos?- gruñó. -Si es un tiburón tiradlo por la borda...
La criatura no medía más de un metro y medio. Su mitad inferior era similar a la de una foca; el torso parecía la fusión de dos grandes calamares, con algunos tentáculos seccionados u otros acabados en gárfios; en su extremo superior sobresalía una cabeza pequeña, con un rostro terso y pálido, menudo e inexpresivo, de ojos cerrados y boca prieta, de niño dormido. blanco como la espuma de mar...
Willson no pudo evitar dar un paso atrás. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral y el estómago se le revolvió. Fué consciente de que la sangre del rostro se retraía, como al empuje de una brisa helada.
-¿Qué haceis ahí parados como pasmarotes? -llegó la voz de Mathias, desde el castillete de proa. -Tenemos mucho que hacer, antes de que llege la tormenta...
El capitán de la nave salió de la cabina como una tromba, pero al pisar la cubierta y reparar en lo que los demás rodeaban se aquietó bruscamente. Su rostro, de facciones remarcadas y morenas se tensó, los ojos, pequeños y oscuros, se empequeñecieron aún más y se clavaron en la criatura. A Willson le pareció que, de poder, habrían fulminado el cuerpo entre llamaradas.
Mathias se sacudió el estupor al instante. Tomó el bichero de manos de Mannywar y lo clavó entre los tentáculos de la criatura. Esta no dió muestras de sentirlo. De un sólo movimiento el capitán alzó el cuerpo, como si sacudiera un trapo viejo o una bolsa de basura, dió un brinco hasta la borda y lo hundió en el mar. De un golpe desengachó el gárfio del bichero, con lo que provocó que la parte superior de la criatura permaneciera en la superfície un instante, mecida por el suave oleaje.
Fué entonces cuando abrió los ojos y miró a Mathias a la cara.
Despues la carita infantil se hundió, en silencio, sin provocar ondas ni burbujas...
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